Pereira en mi memoria.

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Igual que la mayoría de las personas, recuerdo apenas escenas breves de mi entorno antes de cumplir los cinco años y poder reconocer las caras amables de mi abuela, padres y hermanos. Nací un martes del mes de octubre hace casi setenta años, en el cuarto piso del hospital San Jorge de Pereira. El vocablo Pereira es de origen lusitano, derivado de la palabra “perera”, lugar donde brotan o se cultivan peras, según lo explica una reconocida enciclopedia electrónica. En nuestro caso, es el apellido portugués de quien cedió o vendió los lotes para el asentamiento.

Al llegar a la edad escolar, pude comparar a Pereira con la vecina Armenia, a donde me llevaron en tren de carbón con los ojos irritados por los estragos de la ceniza producida por la locomotora. Armenia me pareció menos desarrollada, pobre y descuidada. La única razón de querer ir ocasionalmente, era un tío que vivía allá con su familia.

Bolívar. Obra en bronce del escultor Rodrigo Arenas Betancurt. Colección privada. Foto por Y. Hincapié.

La Pereira de entonces, todavía conservaba entre la Plaza de Bolívar y el Lago Uribe, varias edificaciones de bahareque de dos plantas, con largos corredores termlnados en chambrana y techos de teja de barro, que fueron derrumbadas para dar paso a los feos edificios de hierro, vidrio y cemento ejemplos de la modernidad. Recuerdo brevemente en1963 la entrada en romería de los pedazos monumentales que juntos, serían la estatua de Arenas Betancourt (1919-1995) en homenaje a Bolívar y al centenario de la ciudad. Muchas décadas después, reconocería al artista antioqueño de brazo de Otto Morales Benítez, saliendo de la casa del mecenas Santiago Londoño Londoño.

Siempre me ha llamado la atención que Pereira con sus aires de metrópoli que nunca ha sido, atraiga como un magneto a tanta gente nacida en otros rincones de Colombia para venirse a vivir. Muchos de ellos amasaron suerte y fortuna y se llevaron más de lo que trajeron. Al menos dos oleadas de gente de Salamina, se convertirían con pocos méritos en verdaderos caciques del pueblo, controlando todo desde los altos cargos del municipio, los órganos legislativos y administradores hasta los empleados del aseo.

Pocos alcaldes se han desempeñado honradamente y con espiritu de servicio y varios han terminado presos e investigados y para colmos cínicamente, algunos piensan que se deben reelegir. Muchos de estos burgomaestres serían evaluados como buenos o mediocres, por razones triviales como las luces de navidad, o las cabalgatas de borrachos y sus queridas luciendo el último retoque estético en 30 de agosto , el incienso ceremonial y colorido de semana santa o el simple paso con algarabía de la Vuelta a Colombia en bicicleta. Muy pocos pudieron demostrar avances en empleo, seguridad, salud, vivienda o educación. El episodio más memorable de un alcalde salamineño, fue haber cercenado un árbol de la Plaza de Bolívar por taparle la vista. Bien ganado tenía el sobrenombre de Vaca Brava.

A pesar de las decepciones causadas por la mal llamada “clase política” de atornillados al poder, la ciudadanía en general ha sido capaz de responder al llamado de donar horas de duro trabajo físico en pos de grandes obras como el aeropuerto o el estadio de fútbol, pensando en el beneficio colectivo. La ciudad adquiere la posición de intermedia en la segunda mitad del siglo XX, gracias a la actividad agrícola del café y el comercio. Vendrían luego los capitales mafiosos a reclamar su espacio, cuando se interesan hasta por el fútbol.

Entre la mucha gente que llega literalmente a dictar cátedra, destaco una señora venida de Pasto a quien nadie aquí conocía y quien decide que Pereira no tenía literatura, ignorando a nuestros escritores de comienzos del siglo pasado, sin hacer una búsqueda minuciosa de archivos. Esa tarea la harían otros después.

En mis años escolares de primaria y secundaria, mi semana se dividía rigurosamente entre la casa paterna en el barrio Popular Modelo y la casa de mi abuela Dolores, en el área del Lago Uribe que estaba más cerca de mis escuelas. Cada semana atravezaba a pie de ida y venida la ciudad, de oriente a occidente por las Carreras 7 y 8, esquivando el tráfico porque faltaban muchos andenes. Después de cierta hora, había que evitar ciertos lugares plagados de atracadores con cuchillo, que una vez me despojan de mi reloj de pulso, el primero que tuve. Sería testigo de otros episodios de violencia extrema cuando veo asesinar a bala a un taxista a metros de mi casa o cuando un imbécil vistiendo uniforme camuflado del ejército me golpea fusil en mano, en una manifestación estudiantil pacífica.

El barrio Popular Modelo estaba a dos cuadras de lo que llamábamos la Circunvalar donde se erigían construcciones de ladrillo de ventanales amplios, antejardines y parqueadero interno. Parecían otra ciudad, qué digo, era como llegar a otro país. Remedos de vecindarios que imitaban de lejos a Chicago, San Diego o Los Angeles. Alguien pensaría que los colombianos siempre han sufrido de complejo de inferioridad, afanados por parecernos a otros. Por eso, uno siente que las puertas de Pereira se abren más fácil para los que llegan de afuera, que para quienes nacimos allí.

II

Sin importar el tamaño, toda aldea tiene sus personajes que las recorren y que por sus actos, su apariencia o sus dichos se hacen inconfundibles. Una lista de ellos como fueron la Pola, Guspelao, Cucaracha, la Mujer del Cura hacían correr amenazantes a quienes las llamaran por sus apodos. Al menos la mitad eran habitantes de calle o sufrían alguna forma de esquizofrenia.

Algunos de ellos no eran violentos y se conformaban tranquilamente con un mendrugo de pan de caridad. Se adaptaron tan bien al entorno de la ciudad, que los mal llamados loquitos escaparon a las olas criminales de limpieza social que se ensañaron con los consumidores crónicos de sustancias que habitaban puentes, pasajes y lugares solitarios mal iluminados. Años después a los enfermos de adicciones los llamarían despectivamente desechables.

Aparte de individuos, de los pueblos también brotan leyendas y mitos como el de las trabajadoras sexuales de Pereira. En esencia no son distintas o más afortunadas que las de cualquiera otra ciudad de Colombia o del mundo. Igual de estigmatizadas y desprotegidas, mientras dan de comer a otros dependientes en sus familias.

Es posible que las tasas de homicidios de Pereira no sean tan altas como en otras ciudades intermedias, creando un ambiente de falsa seguridad. Pero no podemos olvidar grandes magnicidios sin resolver, como los del periodista César Augusto López Arias, el concejal de izquierda Gildardo Castaño o el jefe conservador Jaime Salazar Robledo. Mientras los procesos reposan en una gaveta, los autores intelectuales siguen libres.

Lo que yo creo que ha hecho grande a mi aldea natal, ha sido la gente trabajadora y rebuscadora que cada mañana salen a hacer sus labores con la esperanza a veces vana, de una mejoría económica que nunca llega. Afortunadamente más allá de los políticos deplorables, Pereira ha tenido gentes de gran corazón que merecen ser llamados sus “hijos ilustres” como la pintora Lucy Tejada, el poeta Luis Carlos González, el ensayista Lino Gil Jaramillo, la novelista Albalucía Angel, el cuentista Silvio Girón, la dramaturga Antonieta Mercuri, el poeta Héctor Escobar, el oncólogo Santiago Londoño Londoño entre muchos otros.

Al lado de este grupo, yo destacaría a unos “imprescindibles” nacidos fuera, pero que generosamente le han dado esfuerzo, empuje y sudor al terruño sin esperar recompensa o buscar adueñarse de lo ajeno.

Llegado a la edad adulta y empeñado en consolidar una familia pero con pocas alternativas de progreso, opté por cambiar mi destino. Con muy pocas cosas entre una maleta usada y más incertidumbres que esperanzas abandoné finalmente a Pereira en 1981 rumbo al exterior en un largo trasegar que me ha llevado por muchos rincones del mundo. La ciudad que dejé atrás apenas la reconozco cuando la visito y debo admitir que a veces siento que no me ido del todo y que empiezo a sufrir de recuerdos y nostalgias de viejo.

Imitando a esa gran pluma de la prosa crítica y el periodismo como fue Antonio Caballero, concluiría diciendo que Pereira no es la ciudad más hermosa y limpia o la menos corrupta y segura, o la más feliz del mundo, simplemente es la que más queremos.

Medio siglo de una fotografía

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  • En orden descendente desde la izquierda: Henry Botero, Rubén D. Toro, Uriel Grajales, Vidal Quintero.
  • Carlos A. Hernández y Milton Salazar
  • Adelio Valencia, Helmer Zapata, Carlos A. Urrego, Fernando Hoyos y Javier Amaya. (Dos personas en la fila superior y otras dos en la fila del medio no han sido identificadas).

La imagen que acompaña esta nota, cumplirá en unas semanas 50 años de haber sido tomada en un descanso, en los patios del Colegio Nacional Deogracias Cardona de Pereira. Nos alistábamos para rendir los angustiantes exámenes finales y graduarnos en ceremonia solemne, dentro de la Promoción de Bachilleres de 1975.

El colegio tiene una larga historia de labores tan variada como desconocida. Al menos cinco años diferentes se señalan como fecha de fundación, escogiéndose 1907 como la más probable, basados en documentación parcial disponible. Al parecer, el colegio fue una iniciativa privada que empieza labores en una casa de familia y al que se vincula Don Deogracias posteriormente. Este educador pereirano fue un verdadero humanista, que acogió en sus aulas a hombres y mujeres de todas las edades que quisieran educarse. Bien se justificaría una investigación histórica y de archivo sobre el colegio, redactar una biografía de Don Deogracias Cardona y precisar quiénes han estudiado y trabajado allí y cuál ha sido su aporte.

Yo llegué al Deogracias en 1972 para cursar tercero de bachillerato buscando graduarme y conservo recuerdos gratos y encontrados de mi paso por ahí. Lo más significante fue el despertar social y darme cuenta de que Colombia era un país desigual, injusto y elitista que demandaba cambios profundos y urgentes para evitar otro quiebre social como en 1948.

Entre los profesores que con su estilo pedagógico y de debate más nos enseñaron, recuerdo a Don Jaime Ocampo, Don Hernando Franco, Don Jesús Bustamante, Don Tilo Salgado, la profesora Melba Morales y los levitas Fabio Rivera y Bernardo Valencia, con quienes se podía discutir desde orillas opuestas reconociendo las diferencias y sin romper el diálogo.

De poder escoger, habría pedido menos clases de religión que considero una decisión personal y más instrucción en ciencias naturales y laboratorios de física y química que nunca tuvimos, porque el colegio no tenía los recursos. Nuestra educación fue esencialmente libresca y memorista sin remedio, pero un puñado de profesores acudieron a tratar de llenar el vacío.

A los compañeros en la foto que sobreviven donde sea que se encuentren, a los que ya partieron al punto de no retorno y al fotógrafo que generosamente plasmó la imagen en su cámara para la posteridad, gracias por regalarnos esta grata memoria que hoy celebramos.

Leonidas Amaya, el primer escritor que conocí.

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Debió ser el año de 1963, cuando me llevó mi papá a Salamina, Caldas a visitar a su familia. En tiempo de vacaciones, íbamos a quedarnos varios días en un ranchito pobre y limpio en un filo de montaña que carecía de acueducto, electricidad y comunicaciones y donde dormíamos en el suelo, pero nunca nos faltó el cuidado de mi tía y la alimentación básica campesina.

Nos disponíamos a regresar a Pereira, cuando nos encontramos de casualidad en Salamina con su primo Leonidas Amaya (1927-2007), hablando con otro hombre llevando de la rienda un enorme caballo. Sin advertencia previa, mi papá me levantó en vilo y me sentó en la silla del caballo quedando yo por unos minutos más alto que todos. El manso equino por fortuna ni se movió. El peso de un muchahito de 7 años debió serle insignificante.

El entorno rural de la vereda Portachuelo no podía ser más distinto al mío, por los largos silencios de la montaña, el canto ocasional de las aves pasajeras, el ruido lejano de una cascada y donde al ponerse el sol terminaba el día y uno obligadamente se alumbraba con velas y con suerte se escuchaba la señal del transistor para saber qué pasaba en el mundo.

El escritor Leonidas Amaya. Archivo familiar en Facebook.

Leonidas era un señor alto y grueso y entiendo que ya trabajaba como herrero y fundidor, oficio al que dedicó sus mejores años con grandes exigencias físicas y destrezas. No sabíamos que le gustara escribir y lo supimos más de una década después, cuando luego de otro encuentro fortuito mi papá llegara con una copia de 280 páginas firmada por Leonidas de “Apuntes y cachos salamineños” impresa en 1975.

Mi papá estuvo muy orgulloso de su amistad con Leonidas y mucho más cuando en un renglón del escrito, su primo lo cita como contador de historias de espanto. Dato curioso considerando que mi papá era incrédulo en todo lo que él mismo no pudiera comprobar, según me lo confirmó a sus 93 años en la antesala de su muerte.

Leonidas cursó con gran esfuerzo el tercer y cuarto grados de secundaria en 1945 y 1946 en el Instituto Salamina y en el Instituto Universitario de Manizales. Se enrola en la Escuela Naval de Cadetes de Cartagena en 1947, que abandona en noviembre del convulso año de 1948.

En 1972 inicia actividades políticas como candidato al Concejo Municipal de Salamina y en 1974 con casi 6000 votos alcanza un escaño en la Asamblea Departamental de Caldas con una lista liberal alternativa de izquierda y el honor a la presidencia de la corporación.

Le siguieron 3 nuevas obras literarias: “Crónicas de Atilano Cantor” en 1981, “De centro y de provincia” en 1988 y por último “Rutas del folkllore” en 1997. Varios textos que las componen fueron incluidos y elogiados en los suplementos literarios de “La Patria”, “El Tiempo” y “El Espectador”.

Leonidas se califica como un escritor de provincia con ingredientes del Costumbrismo de Carrasquilla, en ocasiones jocoso y hasta poético donde se narra la vida rural, lo simple y dramático de pueblos dormidos y negados al progreso y al cambio, dominados por un cacique de turno como en Salamina, de donde mucha de su gente siguiendo a mi papá y a Leonidas, un día salieron para nunca volver.

La última batalla de Ernest Miller Hemingway

Todos tenemos una cita con la muerte. Para el escritor de Illinois Ernest Hemingway (1899-1961), era hora de encararla por una última vez y cortar de raíz con el infierno irreversible en que se había convertido su vida. Ya no escaparía vivo por un tris, como le había pasado en 9 ocasiones antes, desde la primera guerra mundial, cuando un proyectil austriaco mató a varios compañeros del ejército y mal herido pudo perder sus piernas o en dos accidentes de aviación en el África que le dejan fracturas y quemaduras, o dos intentos fallidos de quitarse la vida. 

Lo había ganado todo y ahora muy enfermo y disminuido, también lo había perdido casi todo, empezando por el deseo de vivir. Había recibido las dos preseas más apetecidas para cualquier escritor estadounidense, el Pulitzer y el Nobel, se rodeó de los amigos que quiso, unido en matrimonio 4 veces, dejaba 3 hijos, había recorrido medio mundo y el dinero nunca le faltó. Pero la acumulación de traumas desde la infancia, la depresión crónica y ahora la imposibilidad de concentrarse para redactar, aunque fuera un solo párrafo le dieron el toque de alarma. 

Hemingway escribe. Museo Wood River de Historia y Cultura .

Hacía poco, un médico amigo lo había convencido de someterse a sesiones de electrochoque experimental en la clínica Mayo y los resultados no pudieron ser peores. Solo agravaron su estado general y para completar, moría poco antes su amigo el actor Gary Cooper.  

Hemingway lo tuvo perfectamente claro por mucho tiempo y aunque devastado, nunca condenó moralmente a su propio padre, cuando opta por esa salida. Siempre reivindicó el derecho individual de toda persona a partir cuando en un punto de no retorno, la vida ya no es vida. En una de sus novelas menos publicitadas “Tener o no tener” (1937) de forma descarnada hace una lista de posibilidades de truncar la vida, como saltar al vacío desde el apartamento, o la ventana de la oficina, el auto encendido en el garaje, o la solución menos demorada de tirar del gatillo de la Colt o la Smith & Wesson. Todos estos “implementos” decía él podían terminar con el insomnio, el remordimiento, “curar” el cáncer, evitar una bancarrota cuando la vida de la persona en vez de sueño americano sintiera que es una pesadilla. 

El domingo 2 de julio de 1961 era verano en Ketchum Idaho, donde vivía con su esposa Mary. El sol sale temprano en esa estación del año y Hemingway en piyama se levantó sin hacer ruido, fue hasta el rincón donde pudo tener hasta 20 armas de varios calibres y escogió la escopeta de cazar de doble cañón Boss y le puso los cartuchos. Caminó hasta la sala, acomodó el cañón de la escopeta dentro de la boca y sin decir nada, de un solo impulso tiró del gatillo. 

El ruido del disparo despertó a Mary Hemingway y angustiada corrió para presenciar lo peor. No hubo alarma entre las casas vecinas y alguien pensó que a algún cazador de alces se le había escapado un tiro. Mary compungida y firme, dijo ante todos que Hemingway limpiando el arma había tenido un accidente. Pocos le creyeron que un diestro en armas desde los 18 años se equivocara de esa forma, pero nadie demandó una investigación formal. Lo importante para la viuda era que los curas, siempre hablando a nombre de Dios para absolver o condenar, le negaran al suicida una cristiana sepultura. La familia y amigos acompañaron sus restos a un funeral de rito católico en el cementerio del pueblo, a donde se puede llegar caminando. 

La lápida es grande pero simple, no tiene epitafio ni símbolos religiosos. Tres árboles enormes de ciprés parecen cuidarlo alrededor donde también descansan su última esposa Mary y otros familiares y allegados. Todos los días, lectores del muerto ilustre le dejan lapiceros, monedas que nadie toca, flores, cervezas selladas o iniciadas, igual como botellas de vino y whisky y otros licores, piedras pequeñas y hasta lápiz labial. Debe reconfortar a su hijo que le sobrevive Patrick Hemingway, un nonagenario vivaz, lúcido y elocuente,  al saber que no transcurre un día sin que su padre reciba visitas. 

Tumba de Hemingway en Ketchum, E.U.

Por siglos se ha afirmado, que todo suicida es un cobarde, yo no lo creo. Es alguien que ya no quiere vivir en dolor y sufrimiento y está en su derecho de decidir lo que le convenga. Hemingway vivió y murió congruente con sus ideas reflejadas en el cierre de su afamada novela “El viejo y el mar” asegurando que “un hombre puede ser destruido, pero nunca derrotado”. La prueba de su victoria sobre el olvido, la dan los cientos de visitantes anónimos que sin pausa y en peregrinación lo siguen recordando y hasta brindando simbólicamente con él.  

Ketchum, Idaho. Septiembre de 2024 

La casona de Goethe en Weimar

Mantuve por años la curiosidad de recorrer esta casa, luego de haber visitado el sitio de la niñez y la infancia de Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832) en Frankfurt hace varios años. Weimar es una ciudad al sur de Berlín, de la cual se conocen registros como asentamiento humano desde el año 949. Carece de aeropuerto, pero está bien conectada por tierra especialmente por tren, que puede alcanzar velocidades de hasta 180 kilómetros por hora. Sin contratiempos, se puede llegar desde la capital alemana hasta ahí en 3 horas.

Puerta principal de la casa Goethe en Weimar. Foto por Javier Amaya.

La fachada de la casa Goethe que mira a una pequeña placita es impresionante. Tiene 3 plantas visibles y conté hasta 36 ventanas, una puerta principal y a los lados, 2 entradas a caballerizas para jinetes o carruajes según los recursos del visitante. A la fecha, están habilitados 18 cuartos decorados, casi como el escritor los mantuvo en vida. La casa no tiene nomenclatura numérica o alfabética, ni placas que ratifiquen a quien le perteneció. Sobre el marco de la puerta hay una invocación religiosa en latín, seguramente de su primer dueño. Goethe vivió allí por casi 50 años donde falleció en un cuarto, en el cual resalta la simpleza de la cama de madera sin talla contrastando con la exquisitez de la decoración de inspiración greco-romana clásica, encarnada en pinturas, grabados, dibujos y esculturas de muchos tamaños. La casa era un gran museo donde apenas residían de 5 a 8 personas incluyendo los trabajadores y en la que su dueño siempre estaba modificando y decorando. Y como si fuera poco, en la parte de atrás tenía no 1 sino 3 jardines bien diferenciados donde quedaba espacio para la huerta.

Varios cuartos cuentan con su chimenea para calentarlos en invierno, pero las paredes de piedra no conservan bien el calor y hay que moverse hasta encontrar el sitio más térmico. La cocina actual es diminuta y uno apenas puede imaginar las angustias de sus trabajadores a cargo de correr las francachelas y comilonas hasta la madrugada, donde Goethe siempre se aseguró que no faltara la cerveza y el vino. Y como él mismo escribiera en una nota de invitación: “se aceptan contribuciones.”

Ultima alcoba del escritor Goethe. Foto por Javier Amaya.

Los cuartos fueron nombrados por Goethe, como por ejemplo cuarto de cartas, cuarto amarillo, cuarto del jardín, cuarto Urbino, cuarto Juno, recepción, comedores principal y secundarios, estudio personal, cuarto de rocas y fósiles, biblioteca, etc. El genial escritor afirmaba que “la casa, ese sitio donde uno pasa la mitad de la vida” y resulta imposible no cavilar sobre el infortunio de millones que no tienen una, o que están a riesgo de perderla junto con la vida misma bajo las bombas y la metralla.

La pregunta obligada es cómo se financió Goethe. Tuvo como mecenas y protector al noble más poderoso de la región, el Duque Carlos Augusto de Sajonia, Weimar y Eisenach durante casi toda su vida dándole empleo como consejero privado y luego como consejero con rango de ministro de gabinete. Goethe fue pagado generosamente con recursos del tesoro y se permitió vivir sin percances en toda su vida adulta, al punto de poder dejar una herencia a sus descendientes. En sus funciones de consejero, Goethe debía producir reportes de análisis y estudios basados en la ciencia y conocimientos apoyado en una sólida biblioteca personal de 7200 volúmenes que contarán muy pronto con un catálogo. A unos 20 minutos de caminata desde la casa, se encuentra la Cripta de los Duques donde resalta el féretro de Goethe, al lado del ataúd vacío de su colega y amigo Schiller rodeado de príncipes, princesas, duques y duquesas. La cripta es una especie de capilla de inspiración cristiana en medio de un cementerio lamentable, donde yerba y maleza no parecen haber sido cortadas desde el año pasado y donde lápidas ennegrecidas se caen de lado sin que una mano con misericordia las limpie o las vuelva a levantar.

Viviendo en Weimar Goethe fue llamado a conocer y hablar con el emperador Napoleón por lo menos en 3 ocasiones fuera de su casa, donde le confesó su deleite con su obra “Los sufrimientos del joven Werther”, obra coronada como clásica del romanticismo alemán y fue más allá, diciéndole que la había leído 7 veces y que la transportaba como una de sus favoritas en la biblioteca imperial de guerra.

Déspotas y poderosos siempre han buscado con dinero o con lisonjas, permear mentes brillantes de intelectuales para cepillar su propia imagen y tenemos casos más recientes: la dictadura argentina con Borges y Sábato, Pinochet con Borges, Fidel con García Márquez y la lista puede ser larga. El problema no es que lo sigan intentando, sino dejarse.

Féretro de Goethe a la izquierda, en Fürstengruft de Weimar. Foto por Javier Amaya.

Aunque Goethe cayó rendido al encanto napoleónico, la verdad es que no recibió beneficio económico por ello. La moraleja del episodio es que incluso nuestros héroes literarios a la hora de compararlos con otros o con nosotros mismos, aparte del talento extraordinario, se parecen a todos los demás, simples y llanos seres humanos, aunque alguno piense lo contrario. Sin importar el tamaño de la casa donde vivan.

Weimar, Alemania

Publicado también en el suplemento “Las Artes” de El Diario de Pereira (Colombia), el 9 de junio de 2024.

El escritor pereirano Lino Gil Jaramillo en el radar del FBI

Un reporte de inteligencia desclasificado este año, originalmente del 25 de julio de 1946 y firmado por el puño y letra del todo poderoso John Edgar Hoover del Federal Bureau of Investigation-FBI- fue dirigido a un alto jefe del Departamento de Estado, con copia al jefe de Inteligencia de la Armada y al subjefe del comando del Departamento de Guerra, describiendo con detalle en 4 páginas la vida cotidiana del periodista y escritor de Pereira Lino Gil Jaramillo (1908-1976).

Al igual que nuestra pintora emblemática Lucy Tejada, Lino se radicó en Cali por largos períodos, desarrollando su carrera lejos de la estrechez de horizontes, el poder clerical y el conservadurismo de Pereira. La segunda guerra mundial apenas terminaba en 1945 y con el ascenso de la guerra fría y la cacería de brujas, cualquiera podía ser sospechoso de ser antiamericano por lo que pensara, dijera o escribiera, o por sus amistades como ocurriera con el físico Albert Einstein o el actor Charles Chaplin, objetivos también de la vigilancia enfermiza de Hoover.

Lino Gil Jaramillo primero a la derecha fumando pipa en una tertulia literaria. Derechos reservados de la Universidad Icesi de Cali.

En el caso de Lino Gil Jaramillo, ingresa a la lista de interés por lo que piensa y escribe como intelectual reconocido de tendencia socialista, colaborador prolífico de varias publicaciones de distribución nacional como El Espectador, La Patria bajo Silvio Villegas, La Prensa de Barranquilla,  Diario Popular vocero del Partido Socialista Democrático, Relator de Cali entre otros. Estudioso y crítico profundo de la obra y poesía de poetas como Barba Jacob, De Greiff, Luis Vidales y de Neruda, publicó varios volúmenes sobre el particular. Se le atribuyen hasta 15 títulos impresos.

El documento de inteligencia cita dos fuentes de información sobre Lino distinguidas con las iniciales C y D. La primera parece un soplón del entorno personal del periodista, que finge ser su amigo mientras a su espalda toma notas para vender, mientras que la fuente D puede ser una entidad de gobierno que provee la descripción física del peligroso crítico literario: estatura: 5 pies, 7 pulgadas, peso: 180 libras americanas, complexión: gruesa, color de ojos: verde-gris, viste bien, es sociable, etc.

Por el reporte de inteligencia, nos enteramos de que Gil Jaramillo trabajó para la Contraloría Departamental del Valle hasta ser expulsado por sus ideas y que en 1946 se apresta a viajar con su esposa hasta Chile para trabajar para SIGLO, el diario de la izquierda austral y de paso preparar la publicación de dos de sus obras. En este viaje aprovecharía para cubrir un encuentro continental de partidos socialistas enfrascados en una contienda de ideas, entre bolcheviques de línea dura y socialistas apartados de esa línea. Para financiar su viaje, el FBI cuenta que Gil Jaramillo había ganado una lotería de 2000 pesos y además reclama su liquidación al haber sido empleado público.

Las sospechas de peligrosidad del FBI terminan negadas por el también escritor y figura del liberalismo Otto Morales Benítez, cuando definía con acierto su trayectoria profesional basado en el trato y conocimiento personal:

 “Como todo escritor colombiano que se respete, Lino Gil Jaramillo ha hecho su carrera ceñido al periodismo. Desde reportero hasta editor en diferentes medios, siempre con la necesidad de estar buceando en lo contemporáneo”. 

El acervo literario de Lino Gil Jaramillo es prácticamente desconocido ahora en el siglo XXI, en parte por la falta de nuevas ediciones de sus obras, que las autoridades culturales de Pereira y de la Gobernación de Risaralda bien podían hacer posible.

Sin conocer otros detalles fundamentales de la biografía de Lino Gil Jaramillo, en la que podía aportar su descendencia de Pereira o de cualquier lugar del país, no logra uno concebir por qué el FBI de 1946 bajo la tenaza de Hoover, dedicara tiempo, personal y recursos en hacerle seguimiento a un intelectual socialista pacífico que no amenazaba al gobierno de los Estados Unidos, sus aliados o su estilo de vida. Hubiera tenido más sentido haber estado pendiente de los movimientos y alianzas de terror de un extremista fanático pro-nazi dispuesto a todo, como el que animó a Roa Sierra a dispararle a un líder menos de 2 años después, desencadenando una espantosa hecatombe.

Publicado alternamente con el suplemento Las Artes de El Diario de Pereira el 24 de septiembre de 2023.

El museo de la literatura en Viena

Entre los numerosos sitios históricos, artísticos y culturales de Viena sobresale el Museo de Literatura ubicado en un sitio céntrico a pocas cuadras de la catedral de San Esteban, la más grande e importante de la ciudad. El museo hace parte de un programa de promoción de lectura de la Biblioteca Nacional de Austria, en el que da a conocer autores y obras destacadas del país, fundamentalmente de los siglos XIX y XX.

Al uno ingresar, sobresale la referencia del escritor y orgullo de Praga Franz Kafka catalogado controversialmente como austriaco, dado que el territorio checo de entonces estaba bajo el dominio del imperio austro-húngaro y por otro lado, parece justificarse también en que él escribió toda su obra en su primer idioma que era el alemán.

En la vitrina dedicada a Kafka, se exhibe una pequeña pistola que supuestamente le perteneció y que probablemente nunca disparó contra nada ni contra nadie. Otro país moderno aparte de Austria que reclama la pertenencia de Kafka es Israel por su origen judío, aunque su obra se puede considerar laica o secular. Una larga disputa legal en estrados internacionales puso en manos de Israel un archivo de papeles de Kafka, que estaba al cuidado de personas que ni siquiera eran de su familia. Una de las condiciones del arreglo, era clasificar y digitalizar tales documentos y hacerlos públicos.

En algún escrito Kafka llegó a preguntarse “¿Qué tengo yo en común con los judíos?”, lo que ironiza claramente el reclamo de pertenencia con Israel. La universalidad de su obra y humanismo, lo que lo iguala con tantas personas y con las angustias comunes del siglo, hacen que Kafka a estas alturas quede libre de clasificaciones y pertenezca a todos.

Tratándose de un museo en el sentido amplio, creí encontrar a los genios del romanticismo alemán Goethe y Schiller, pero claramente esta exhibición se limita a las fronteras austriacas pasadas o presentes.

El escritor destacado de la exhibición actual (algo así como el invitado especial) es el vienés y también judío Stefan Zweig, este sí nacido en el actual territorio austriaco, quien ante la inminencia de la cacería nazi con la anexión de Austria, escapa a Londres y debe buscar otro refugio, cuando se entera que la Gestapo tiene su ubicación exacta en Inglaterra yendo a morir con su compañera por mano propia a Brasil en 1942. Zweig es un prolífico escritor de crónicas, periodismo, biografías, drama y ficción muy leído en su tiempo.

El museo de Viena es un catálogo básico de los autores austriacos que al menos 130 millones de germano-parlantes en todo el mundo podrían conocer, pero en mi opinión, la difusión de este esfuerzo, sería más efectiva si añadieran más descripciones en un segundo idioma europeo para deleite de muchos.

Nota publicada originalmente en el suplemento “Las Artes” de El Diario en Pereira, Colombia. Septiembre 19 de 2021.

Los laberintos de Franz Kafka

Cualquiera que vaya esta semana por las bien surtidas librerías sobre la Plaza Wenceslao de Praga, notará de inmediato que entre los estantes de los más vendidos, se encuentra ese escritor que incita a resolver los enigmas, el misterio y lo inexplicable en la vida cotidiana como es el praguense Franz Kafka (1883-1924) y no solo en checo el idioma nacional, pero también en inglés, francés, alemán, italiano, español y ruso. Existe más de una editorial que se ocupa de publicarlo en diferentes formatos, que van desde sus títulos individuales, hasta un tomo con sus obras completas conocidas.

Escultura dedicada a Kafka del artista Jaroslav Róna en el centro de Praga.
Foto por Javier Amaya.

El escritor nacional que tal vez lo sigue en interés e importancia, es Milan Kundera, quien continúa escribiendo y publicando desde París. Pero si uno recorre el casco viejo de la ciudad, por el número de monumentos y huellas que dejó Kafka, es el que domina la escena lejos de habérselo propuesto. Hay unas esculturas dedicadas a él, como también una placa en la casa donde nació, al menos otras dos casas donde vivió, el sitio donde cursó el bachillerato, un museo muy bien documentado y por último su tumba en uno de los cementerios judíos en el centro de Praga.

Hasta un persona que descubrió las ruinas de una casa antigua debajo de su piso, se inventó una exhibición con muy poco que ver con el escritor, pero que le genera ingresos solo citando su nombre y donde irremediablemente caemos muchos ingenuos, gracias a estar ubicado al cruzar la calle de la casa donde nació el prolífico escritor.

En vida, Kafka publica unas cuantas obras, pero sus cartas personales a amigos, novias y familia resultan una fuente de inmenso valor para entender a Kafka y escudriñar en su proceso creativo. Si a alguien podemos responsabilizar de la corriente del existencialismo como corriente literaria y cultural del siglo XX es a Kafka, incluso antes que al propio Sartre. La muestra fehaciente de tal afirmación es “Carta al padre” que su autor jamás consideró una obra de valor literario, sino un documento absolutamente personal y privado que al parecer nunca llegó a manos del destinatario, porque la madre luego de leerla se niega entregarla como se le pidió. A juzgar por la dureza de sus términos, habría sido un golpe demoledor.

La carta escrita a mano y por el tamaño de la letra necesitó al parecer más de 100 cuartillas de papel y fue concebida cuando Kafka vivía solo en una pensión de Bohemia en 1919 ya adulto, apenas años antes de su muerte prematura a causa de la tuberculosis cuando no se conocía la cura y tratamiento.

La carta escrita en alemán su idioma natal, explica de forma pormenorizada el daño irreparable que puede causar durante la crianza un padre autoritario, machista y dominante sobre los hijos, que termina por negarles su autoestima, independencia y libertad individual que cualquier hijo requiere y debe desarrollar. Kafka cita escenas, diálogos y detalles de las múltiples veces que Hermann Kafka ejerce esa crianza malévola sobre él y también relata en detalle los resultados diversos y negativos en sus hermanas. Incluso recrimina que el padre arrogante que todo lo controla, tuviese una opinión negativa sobre un amigo de Franz, que se dedicaba al teatro. Se dice que también tuvo como compañeros de escuela a socialistas y anarquistas muy apreciados por él y que por medio de su amistad validaron muchas de sus opiniones contra el poder y los estados déspotas de su tiempo.

El lenguaje es directo y sencillo y con frecuencia admite sus propios errores en esa relación disfuncional padre-hijo, armado de una gran sinceridad y abriendo su corazón sin ningún tapujo y de paso, explicando sus propias interpretaciones de la religión judía y vegetarianismo que abrazó en los últimos años por su propia decisión.

Las inseguridades de Kafka van desde su timidez y aspecto demacrado a causa de la tuberculosis y rasgos físicos que obviamente no son anglosajones, hasta el cambio de carreras que siendo joven quiso estudiar en la universidad, pero que lo llevan al final a hacerse abogado para complacer al padre, o las veces que canceló unas promesas de matrimonio con mujeres que amó, pero que en opinión paterna no traían avance económico o estatus social a la familia. Seguro muchas mujeres y hombres de nuestro tiempo, lamentan verse retratados allí.

Franz Kafka encuentra en la literatura su punto de escape y declaración de libertad para su existencia oprimida, al punto de afirmar “Yo no soy más que literatura y puedo, pero no quiero ser ninguna otra cosa”. Era también una queja directa a no poderse dedicar a escribir de tiempo completo, en vez de tener que hacer horas de oficina para sostenerse. Es como puede ajustar cuentas con décadas de autoritarismo y desamor, donde puede navegar libre creando insectos repugnantes de seres humanos que se degradan y plasmarse en otras ficciones que logra publicar en vida.

Yo creo que el Samsa-insecto de su “Metamorfosis” es un imaginario del propio Kafka, que irremediablemente busca su autodestrucción, a desaparecer, para alivio de muchos. Cuando el individuo se deshumaniza, ya no nos mueve ni el pesar ni la compasión y solo queremos que se vaya para siempre. Es exactamente como se justifican las guerras, al mostrar al enemigo carente de humanidad y de sus aspectos comunes con todos nosotros, entonces se vale pulverizarlo sin remordimientos.

Con su hermana menor Ottilie, Kafka tuvo una relación especial porque ella encontró sus propios caminos para enfrentar al padre controlador y logra emanciparse creando una complicidad y alianza permanentes entre ellos. A Ottilie le confía más de 20 cuadernos de valiosos manuscritos y muchas cartas que se pierden, cuando la criminal Gestapo la arresta en 1943 para trasladarla al fuerte militar Terezin al norte de Praga y de allí a un campo de concentración nazi donde muere; como murieron también sus otras dos hermanas solo por ser judías.

A Max Brod amigo cercano y albacea de Kafka, le había pedido destruir cartas personales y todo el material no publicado, que por fortuna no cumplió y que permitió ampliar nuestro conocimiento de su obra que pone su sello distintivo desde Praga para el mundo en el siglo XX. Más de nueve décadas después de su muerte, se cree que todavía existe una parte importante de su obra sin publicar, por la negativa de los herederos de Brod de cederla al estado de Israel, que la reclama en tribunales como propia diciendo que este la cedió, cuando emigra allí terminada la segunda guerra mundial.

Praga, mayo de 2019.

La casa de Goethe en Frankfurt

La edificación de tres pisos y lo que parece un ático y medio visto desde la fachada, se distingue de todas las demás en ese barrio cerca del ayuntamiento de Frankfurt, más no por su apariencia, sino por ser el sitio donde naciera Johann Wolfgang Von Goethe en 1749 y también por la historia que rodea como tal a la casa.

En el lugar, Goethe vivió hasta la edad de los 25 años, donde escribiera la novela corta que lo puso en la palestra europea y mundial “Los sufrimientos del joven Werther” y apenas regresaría unas veces más, en cortas visitas a su familia. Vivió la mayor parte de su vida en el Ducado de Weimar, a menos de tres horas de distancia por la moderna carretera de hoy.

Goethe pertenecía a una familia burguesa acomodada y fue instruido con tutores que su padre contrató antes que fuera a la universidad y graduarse como abogado, más no por su propia decisión, porque en verdad lo que le interesaba eran las artes y la ciencia. El joven estudiante se dedica con especial esmero a los clásicos griegos y aprende rudimentos de los idiomas griego y hebreo.

A esa edad, ya demostraba sus tempranas habilidades como escritor, poeta, dramaturgo, traductor, dibujante, administrador público e inquieto hombre de ciencia que planteó conceptos sobre la evolución de las especies antes que Darwin y estudiaría la física de los colores, sugiriendo hipótesis inéditas. Los viajes fueron también actividades de aprendizaje fundamentales durante su vida.

Se le reconoce como autor de unas 15.000 cartas dejando por fuera, todas las que pudo haber destruido junto a borradores de material que no consideraba merecedor de ser publicado. Mantuvo un diario personal por más de 52 años en los que consigna contenidos de conversaciones. Goethe recibió la formación propia de una familia luterana, pero de adulto no se consideraba practicante de ninguna confesión religiosa e incluso llega a afirmar que tal vez era panteísta.

Se cuestionaba por ejemplo, por qué la misericordia divina permitía el dolor y sufrimiento de miles de inocentes, bajo el peso de crueles desastres naturales y humanos. Se asegura que en los últimos años de vida, ingresa a la Logia Masónica, aunque muchos de sus biógrafos no corroboran el dato.

Fue contemporáneo con dos grandes hechos históricos, como fueron la separación de las 13 colonias americanas del imperio británico para formar los Estados Unidos y luego la erupción social de la revolución francesa, que cautivó a muchos de sus contemporáneos, pero que Goethe cuestionó por la violencia interminable que involucró a todos sus actores.

Junto con Schiller quien fue su amigo, se les considera los líderes del Romanticismo Alemán del siglo XVIII. Tuvo amistad con el músico Beethoven y el sabio Humboldt, con el filósofo Schopenhauer, aparte de merecer el respeto de nobles y del emperador Napoleón Bonaparte, con quien conversó a su pedido, al paso de este por Prusia tres veces. El drama Fausto es considerada la obra cumbre de Goethe, entre su vasta bibliografía, en la que el autor trabajó durante varias décadas, aunque con largos períodos de descanso. El tema del Fausto, ocuparía a otros escritores germanos muchas generaciones después.

Lo casa de Frankfurt atesora una biblioteca de más de 2.000 volúmenes que se pueden observar perfectamente dentro de las vitrinas, en su mayoría con nombres en latín. También tiene muebles, escritorios, cuadros y adornos que pertenecieron a la familia donde se destacan dibujos de Roma y el Vaticano, el ombligo del mundo en la fecha, e incluso una casita de títeres que alegraba al niño Goethe y que tal vez le siembra la inquietud de la dramaturgia.

Las tablas del piso de toda la edificación son muy anchas, ajustadas con clavos de cabeza en forma de cruz. Al uno caminar rechinan sin importar el peso del visitante. En la cocina hay dos fogones, uno para leña y el otro para carbón dependiendo del platillo a preparar. La residencia tiene un buen número de ventanas, aprovechando el uso de luz natural.

Lo impactante de la historia de la casa, es que aunque su contenido es genuino, la casa tuvo que ser reconstruida totalmente cuando un bombardeo de los ingleses en marzo de 1944 solo deja el cascarón y los administradores previendo el desastre, ya habían ocultado sus muebles.

El 85% de la ciudad de Frankfurt queda reducida a escombros y en tan solo 5 días, mueren unas 1.500 personas bajo la pólvora, el fuego o aplastados entre paredes. Si la Luftwaffe fue despiadada con los barrios pobres de Londres, los pilotos ingleses se ensañaron con los civiles alemanes. Además de destruir instalaciones militares nazis, fueron indiscriminados con todo lo que sus bombas y metralla encontraran a su paso. No es cierto que en las guerras haya matones buenos, eso es un burdo sofisma de Hollywood que siempre ensalza al vencedor.

Entre 1947 a 1951, la casa fue reconstruida cuarto por cuarto, manteniendo las dimensiones y distribución basados en planos, fotos y pinturas y gracias a ese esfuerzo, la podemos recorrer hoy. A un lado de la casa en Frankfurt, la fundación privada que la administra, abrió un museo que muestra colecciones de arte del tiempo de Goethe, haciendo de la visita una verdadera clase académica especializada.

A lo largo de su vida, Goethe tuvo tres parejas conocidas y fue padre de cinco niños, cuatro de los cuales fallecen a una tierna edad. El gran intelectual alemán muere el 22 de marzo de 1832 en Weimar a los 82 años. Sus restos descansan junto al ataúd donde debieron estar los de Schiller, en el panteón ducal de la misma ciudad.

Publicado originalmente en el suplemento Las Artes de El Diario en Pereira, Colombia en junio de 2018.

El vuelo de la pájara pinta

Si me preguntaran quién ha sido la más grande narradora pereirana entre dos siglos, diría sin lugar a dudas que es Albalucía Angel (1939), quien por más de cuatro décadas ha estado viviendo muy lejos de su país, y quien al tiempo ha venido acumulando una narrativa de grandes quilates, que va por todo el mundo contando su ver y sentir a través de la ficción.

Su novela “Estaba la pájara pinta, sentada en un verde limón”, está firmada en España entre los años 1971 y 1975. Tiene muchos personajes entre los que se destacan Ana, una adolescente o preadolescente, de una familia de clase media alta de Pereira y en su círculo afectivo Verónica y también Sabina, una trabajadora doméstica que actúa como la extensión de la autoridad y forma de pensar de la madre de Ana, contemporáneas con el estallido social por el asesinato de Gaitán en 1948.

Ana es una jovencita que todo lo indaga, que espera siempre respuestas inteligentes a sus preguntas y que rompe moldes de conducta y de pensamiento, para quien hacer las cosas por tradición no es motivo suficiente que justifique nada. Su familia tiene unos códigos morales propios de la época, que de una u otra forma son guiados por la religión y que define estrictamente lo permisible y condena lo inmoral y pecaminoso. Sitios y locaciones en Pereira, son citadas con nombre propio.

Ella no es simplemente una niñita rebelde pasando por una etapa de crecimiento, es mucho más que eso, ella se cuestiona los valores de una sociedad machista y patriarcal como la Pereira de su época, donde la mujer por el hecho de serlo vale menos y debe estar sujeta al control, manipulación y capricho del hombre. En este aspecto, Ana parece el alter-ego de Albalucía, quien alguna vez dijo en una entrevista, que atosigada por estos valores, de haberse quedado en Pereira, “tal vez se hubiera lanzado a las aguas del Otún.”

El 9 de abril

En los comienzos de la novela narra lo ocurrido en Bogotá el 9 de abril y la retoma brutal del establecimiento, que masacra un pueblo dolido e iracundo, que no entiende por qué le cortan de un tajo sus ilusiones de cambio, matando a su caudillo. Cuenta las escenas de muchos curas disparando al populacho desde los campanarios de las iglesias, la policía de Bogotá insubordinada entregando fusiles a los exaltados y el ejército ametrallando al que se acercara al palacio presidencial. La Radio Nacional llamando a derrocar el gobierno de Ospina para pedir cuentas a Laureano y dando como un hecho, la conformación de juntas revolucionarias que desconocieran los alcaldes y al poder central. La ciudad arde en llamas.

El libro no narra de forma lineal y utiliza diálogos y monólogos de otros personajes que cubren más de dos décadas después de 1948 donde se cuenta la formación de guerrillas liberales que logra desmovilizar la dictadura de Rojas y luego de no cumplir lo pactado, la aparición de las guerrillas de Marquetalia. En este lapso llama la atención el asesinato de estudiantes universitarios en Bogotá el 8 y 9 de junio de 1954 a manos de la tropa del Batallón Colombia y la matanza de asistentes a la Plaza de Toros, cuando espontáneamente rechiflan a la hija del general.

Rojas Pinilla

Albalucía narra también la pomposa visita del Teniente General Rojas Pinilla en la cúspide del poder a Pereira, donde luego de ceremonias y protocolos es abordado por Policarpa, esa señora de triste figura que los pereiranos de mi generación conocimos vestida de militar y marchando con los demás uniformados en todas las fiestas patrias mientras vivió. En los lectores, la novelista siembra la duda si eso pasó o es un recurso magistral de ficción.

Resulta imposible no hacer paralelismos entre las muertes violentas de Gaitán y de Galán (éste último magnicidio posterior a la novela) y como personajes tan lejanos a los mártires, sacan ventaja de forma oportunista asegurándose después la silla presidencial. En el caso de Gaitán, fue Carlos Lleras Restrepo quien súbitamente se jura gaitanista en el velorio, cuando todos saben que nunca lo fue.

En los capítulos finales de la novela, Albalucía describe las desventuras de los torturados, los desaparecidos, los presos secuestrados por los diferentes gobiernos para hacerlos “cantar” y señalar a los cómplices de la subversión. La lectura causa vértigo porque la novelista es pródiga en los detalles y el lector entra con ella a los calabozos, a los centros de tortura. La crueldad se hace dueña y el humanismo queda en el olvido.

Premio

Este libro recibe el primer lugar en la Bienal de Novela en 1975, donde fueron jurados escritores de renombre como Alvaro Mutis y Umberto Valverde. Albalucía nos deja ver su destreza en jugar con el lenguaje. Fue luego impreso en Colombia en una muy modesta edición auspiciada por Mincultura, que a la fecha bien justifica una edición de lujo.

Aunque Albalucía no hizo parte de la élite del “boom”, conoció a casi todos sus integrantes y frecuentó la casa de García Márquez en sus años en Barcelona. La escritora y su obra no reciben todavía el reconocimiento, análisis académico y halago que Pereira le debe y que nos coloca, gracias a ella, en el mapa de la literatura mundial en español.

* Texto y foto publicados en el suplemento “Las Artes” de El Diario del Otún de Pereira en mayo de 2018.

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