www.javier-amaya.us
Igual que la mayoría de las personas, recuerdo apenas escenas breves de mi entorno antes de cumplir los cinco años y poder reconocer las caras amables de mi abuela, padres y hermanos. Nací un martes del mes de octubre hace casi setenta años, en el cuarto piso del hospital San Jorge de Pereira. El vocablo Pereira es de origen lusitano, derivado de la palabra “perera”, lugar donde brotan o se cultivan peras, según lo explica una reconocida enciclopedia electrónica. En nuestro caso, es el apellido portugués de quien cedió o vendió los lotes para el asentamiento.
Al llegar a la edad escolar, pude comparar a Pereira con la vecina Armenia, a donde me llevaron en tren de carbón con los ojos irritados por los estragos de la ceniza producida por la locomotora. Armenia me pareció menos desarrollada, pobre y descuidada. La única razón de querer ir ocasionalmente, era un tío que vivía allá con su familia.
Bolívar. Obra en bronce del escultor Rodrigo Arenas Betancurt. Colección privada. Foto por Y. Hincapié.
La Pereira de entonces, todavía conservaba entre la Plaza de Bolívar y el Lago Uribe, varias edificaciones de bahareque de dos plantas, con largos corredores termlnados en chambrana y techos de teja de barro, que fueron derrumbadas para dar paso a los feos edificios de hierro, vidrio y cemento ejemplos de la modernidad. Recuerdo brevemente en1963 la entrada en romería de los pedazos monumentales que juntos, serían la estatua de Arenas Betancourt (1919-1995) en homenaje a Bolívar y al centenario de la ciudad. Muchas décadas después, reconocería al artista antioqueño de brazo de Otto Morales Benítez, saliendo de la casa del mecenas Santiago Londoño Londoño.
Siempre me ha llamado la atención que Pereira con sus aires de metrópoli que nunca ha sido, atraiga como un magneto a tanta gente nacida en otros rincones de Colombia para venirse a vivir. Muchos de ellos amasaron suerte y fortuna y se llevaron más de lo que trajeron. Al menos dos oleadas de gente de Salamina, se convertirían con pocos méritos en verdaderos caciques del pueblo, controlando todo desde los altos cargos del municipio, los órganos legislativos y administradores hasta los empleados del aseo.
Pocos alcaldes se han desempeñado honradamente y con espiritu de servicio y varios han terminado presos e investigados y para colmos cínicamente, algunos piensan que se deben reelegir. Muchos de estos burgomaestres serían evaluados como buenos o mediocres, por razones triviales como las luces de navidad, o las cabalgatas de borrachos y sus queridas luciendo el último retoque estético en 30 de agosto , el incienso ceremonial y colorido de semana santa o el simple paso con algarabía de la Vuelta a Colombia en bicicleta. Muy pocos pudieron demostrar avances en empleo, seguridad, salud, vivienda o educación. El episodio más memorable de un alcalde salamineño, fue haber cercenado un árbol de la Plaza de Bolívar por taparle la vista. Bien ganado tenía el sobrenombre de Vaca Brava.
A pesar de las decepciones causadas por la mal llamada “clase política” de atornillados al poder, la ciudadanía en general ha sido capaz de responder al llamado de donar horas de duro trabajo físico en pos de grandes obras como el aeropuerto o el estadio de fútbol, pensando en el beneficio colectivo. La ciudad adquiere la posición de intermedia en la segunda mitad del siglo XX, gracias a la actividad agrícola del café y el comercio. Vendrían luego los capitales mafiosos a reclamar su espacio, cuando se interesan hasta por el fútbol.
Entre la mucha gente que llega literalmente a dictar cátedra, destaco una señora venida de Pasto a quien nadie aquí conocía y quien decide que Pereira no tenía literatura, ignorando a nuestros escritores de comienzos del siglo pasado, sin hacer una búsqueda minuciosa de archivos. Esa tarea la harían otros después.
En mis años escolares de primaria y secundaria, mi semana se dividía rigurosamente entre la casa paterna en el barrio Popular Modelo y la casa de mi abuela Dolores, en el área del Lago Uribe que estaba más cerca de mis escuelas. Cada semana atravezaba a pie de ida y venida la ciudad, de oriente a occidente por las Carreras 7 y 8, esquivando el tráfico porque faltaban muchos andenes. Después de cierta hora, había que evitar ciertos lugares plagados de atracadores con cuchillo, que una vez me despojan de mi reloj de pulso, el primero que tuve. Sería testigo de otros episodios de violencia extrema cuando veo asesinar a bala a un taxista a metros de mi casa o cuando un imbécil vistiendo uniforme camuflado del ejército me golpea fusil en mano, en una manifestación estudiantil pacífica.
El barrio Popular Modelo estaba a dos cuadras de lo que llamábamos la Circunvalar donde se erigían construcciones de ladrillo de ventanales amplios, antejardines y parqueadero interno. Parecían otra ciudad, qué digo, era como llegar a otro país. Remedos de vecindarios que imitaban de lejos a Chicago, San Diego o Los Angeles. Alguien pensaría que los colombianos siempre han sufrido de complejo de inferioridad, afanados por parecernos a otros. Por eso, uno siente que las puertas de Pereira se abren más fácil para los que llegan de afuera, que para quienes nacimos allí.
II
Sin importar el tamaño, toda aldea tiene sus personajes que las recorren y que por sus actos, su apariencia o sus dichos se hacen inconfundibles. Una lista de ellos como fueron la Pola, Guspelao, Cucaracha, la Mujer del Cura hacían correr amenazantes a quienes las llamaran por sus apodos. Al menos la mitad eran habitantes de calle o sufrían alguna forma de esquizofrenia.
Algunos de ellos no eran violentos y se conformaban tranquilamente con un mendrugo de pan de caridad. Se adaptaron tan bien al entorno de la ciudad, que los mal llamados loquitos escaparon a las olas criminales de limpieza social que se ensañaron con los consumidores crónicos de sustancias que habitaban puentes, pasajes y lugares solitarios mal iluminados. Años después a los enfermos de adicciones los llamarían despectivamente desechables.
Aparte de individuos, de los pueblos también brotan leyendas y mitos como el de las trabajadoras sexuales de Pereira. En esencia no son distintas o más afortunadas que las de cualquiera otra ciudad de Colombia o del mundo. Igual de estigmatizadas y desprotegidas, mientras dan de comer a otros dependientes en sus familias.
Es posible que las tasas de homicidios de Pereira no sean tan altas como en otras ciudades intermedias, creando un ambiente de falsa seguridad. Pero no podemos olvidar grandes magnicidios sin resolver, como los del periodista César Augusto López Arias, el concejal de izquierda Gildardo Castaño o el jefe conservador Jaime Salazar Robledo. Mientras los procesos reposan en una gaveta, los autores intelectuales siguen libres.
Lo que yo creo que ha hecho grande a mi aldea natal, ha sido la gente trabajadora y rebuscadora que cada mañana salen a hacer sus labores con la esperanza a veces vana, de una mejoría económica que nunca llega. Afortunadamente más allá de los políticos deplorables, Pereira ha tenido gentes de gran corazón que merecen ser llamados sus “hijos ilustres” como la pintora Lucy Tejada, el poeta Luis Carlos González, el ensayista Lino Gil Jaramillo, la novelista Albalucía Angel, el cuentista Silvio Girón, la dramaturga Antonieta Mercuri, el poeta Héctor Escobar, el oncólogo Santiago Londoño Londoño entre muchos otros.
Al lado de este grupo, yo destacaría a unos “imprescindibles” nacidos fuera, pero que generosamente le han dado esfuerzo, empuje y sudor al terruño sin esperar recompensa o buscar adueñarse de lo ajeno.
Llegado a la edad adulta y empeñado en consolidar una familia pero con pocas alternativas de progreso, opté por cambiar mi destino. Con muy pocas cosas entre una maleta usada y más incertidumbres que esperanzas abandoné finalmente a Pereira en 1981 rumbo al exterior en un largo trasegar que me ha llevado por muchos rincones del mundo. La ciudad que dejé atrás apenas la reconozco cuando la visito y debo admitir que a veces siento que no me ido del todo y que empiezo a sufrir de recuerdos y nostalgias de viejo.
Imitando a esa gran pluma de la prosa crítica y el periodismo como fue Antonio Caballero, concluiría diciendo que Pereira no es la ciudad más hermosa y limpia o la menos corrupta y segura, o la más feliz del mundo, simplemente es la que más queremos.













